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A lo largo de tu carrera has escuchado cientos de historias, pero todas empiezan con una: la tuya. Si volvieras a ese primer impulso que te llevó a estudiar Psicología, ¿cuánto de esa motivación inicial sigue vivo hoy, y cuánto ha mutado con la experiencia?
¿La verdad? La verdad es que terminé estudiando psicología por un error, un error al que le estoy agradecida totalmente. Al salir del colegio no tenía muy claro qué quería estudiar, pero sí sabía que me gustaba la política. Dando vueltas decidí entrar periodismo, pero fue un error. Me di cuenta que mi camino no iba por ahí y rendí la Prueba de Aptitud Académica. Ya con resultados en mano mi decisión estaba clara: estudiaría sociología. ¡En esa época no había ni la sombra de lo que es internet hoy! Buscabas tu resultado en el diario y postulabas en pleno enero, al sol y bajo un calor tremendo en forma presencial en el centro, a todo cemento. Así partí a hacer el tramite: no solo lo haría para mí, sino también para un amigo que no estaba en la ciudad. Fui a pesar de haberme enfermado el día anterior y estar algo febril. El lugar estaba lleno, la espera era larga y el cemento humeaba de la alta temperatura. La combinación no fue buena y mi estado "algo febril" pasó a "muy febril". ¿Resultado? ¡Erré mi postulación y la de mi amigo! Y así llegue a psicología. Medio perpleja y asustada de qué me encontraría, hoy 30 años después esta historia me resulta curiosa y agradezco a la fiebre, al cemento y al error, pues me dejó acá. Si la vida te da limones... ya sabes, haz limonada y adáptate.
En tus textos y conversaciones aparece una mirada muy particular sobre el sufrimiento: sin romanticismos, pero con una profunda comprensión. ¿Qué te enseñó la clínica sobre el dolor humano que no te enseñaron los libros?
Me enseñó que el dolor duele de verdad. Que no es solo una palabra, sino una emoción que cala hondo y compromete al ser en su totalidad. A veces es tan inmenso que traspasa la escena terapéutica y una lo siente casi en carne propia. También aprendí que el dolor, y el temor a ese dolor, movilizan el psiquismo, el entorno y pueden dejar al sujeto preso, sin libertad. Por eso, uno de los fines centrales del trabajo terapéutico es justamente ese: buscar la libertad interna, devolverle al paciente la agencia sobre sí mismo, disminuir el dolor y ayudarlo a vivir con mayor autonomía.
Has dedicado buena parte de tu vida al estudio y tratamiento de los trastornos de la personalidad. ¿Por qué elegiste ese camino, tan exigente y a veces incómodo, dentro de la Psicología?
En mi caso, siento que este camino me eligió a mí. Jamás imaginé que terminaría trabajando en trastornos de la personalidad, y menos que llegaría a apasionarme tanto por esta área.
Al poco de titularme comencé a trabajar en una clínica psiquiátrica privada, haciendo terapias de grupo para pacientes hospitalizados junto a un colega. Allí conocí a varios psiquiatras, muchos de los cuales son hoy amigos y compañeros de ruta. Uno de ellos me derivó una paciente en forma ambulatoria. Tenía un trastorno de personalidad; yo no lo sabía aún, solo intuía que era una paciente muy compleja.
El trabajo fue lento y atribulado: atravesamos juntas vaivenes emocionales intensos, momentos de tormenta y otros de calma profunda. Al principio trabajé desde lo que conocía, pero rápidamente sentí que necesitábamos algo más, ella y yo. Así empezó mi búsqueda. Como siempre me sentí cercana a la línea psicodinámica, llegué muy pronto a la TFP.
Con esa paciente no nos fue mal, y el mismo psiquiatra me derivó otra, y luego otra… En menos tiempo del que imaginaba ya estaba sumida de lleno en el mundo de los trastornos de personalidad. Mirando hacia atrás, no siento que yo haya elegido este camino; más bien, este camino me fue encontrando y convocando.
¿Crees que los terapeutas eligen su línea de trabajo… o que, de algún modo, la línea los elige a ellos?
En mi caso, este tema me eligió. Jamás pensé que trabajaría en esto y que llegaría a apasionarme por esta línea. Mi aterrizaje en esto fue casual. Recién iniciada mi carrera llegué a trabajar a una clínica psiquiátrica privada, hacía terapias de grupo para los pacientes hospitalizados junto a un colega. En este mismo lugar comencé a conocer y a interactuar con algunos psiquiatras, muchos de ellos son mis amigos y colegas hasta el día de hoy. Uno de ellos me derivó un paciente en ambulatorio: era un trastorno de personalidad. Yo no lo sabía, intuía que era una chica compleja, pero no lo sabía a ciencia cierta. El trabajo fue lento y atribulado, pasábamos juntas por vaivenes emocionales y por tormentas fuertes. Trabajé con ella en un inicio desde lo que conocía, pero al poco andar me di cuenta que necesitaba algo más, tanto ella como yo, y así empezó mi búsqueda. Como siempre me he sentido cercana a la línea psicodinámica, muy rápido llegué a la TFP. Con la paciente no fue mal, así el mismo psiquiatras me derivó otro, y luego otro y en menos tiempo de lo esperado ya estaba sumida en el mundo de los trastornos de personalidad.
La TFP pone el foco en el vínculo y en la transferencia. ¿Qué fue lo que te sedujo de este modelo y cómo ha transformado tu manera de entender la relación terapeuta-paciente?
Lo que más me sedujo de la TFP fue su honestidad. Este modelo no se esconde detrás de técnicas ni de una falsa distancia profesional: pone el vínculo en el centro y reconoce que lo que ocurre entre terapeuta y paciente es el corazón del tratamiento.
Descubrí que la transferencia no es solo algo “a analizar”, sino una experiencia viva: allí aparecen los miedos, la agresión, las formas de amar y de defenderse. La TFP me transformó como terapeuta porque me invitó a estar verdaderamente presente. No solo a escuchar lo que el paciente relata, sino también lo que está ocurriendo entre nosotros: la tensión, la cercanía, la rabia, el miedo al abandono. Entendí que el cambio no surge desde la teoría, sino desde el encuentro. A veces basta con sostener una emoción difícil y transmitir: “Estoy aquí contigo, no tienes que pelear esto sola”. La TFP me enseñó a confiar en el vínculo como espacio de transformación y a entender la relación terapéutica como un viaje compartido. El cambio se da cuando el paciente puede vivirse una y otra vez en la relación con el terapeuta, reconocer en ese espejo lo que le pasa con los demás y, desde ahí, pensarse no solo de forma racional, sino desde una experiencia profunda y encarnada.
Trabajas con casos donde el conflicto identitario, el control y la vergüenza están muy presentes. ¿Qué lugar ocupa la dignidad en tu práctica clínica?
La dignidad ocupa un lugar absolutamente central en mi práctica clínica; es uno de los pilares básicos de este enfoque. ¿Por qué? Porque en el trabajo con trastornos de personalidad no miramos al paciente desde el déficit, sino desde el conflicto.
Eso nos permite visualizar un mundo interno dividido, caótico, que de inmediato conecta con el sufrimiento del individuo. Desde ese lugar, el paciente se dignifica: podemos empatizar con su malestar sin perder de vista su polo más patológico o agresivo.
Cuando logramos ver ambas caras, entendemos por qué el paciente sostiene las defensas que despliega. Comprendemos que lo que hace tiene una función: lo protege de sentirse humillado, no visto, insuficiente, no querido, entre muchos otros temores. La dignidad, entonces, tiene que ver con reconocer la complejidad de ese mundo interno y acompañar al paciente sin reducirlo a sus síntomas ni a sus actos.
Si tuvieras que describir el “estilo Steiner” de hacer terapia, ¿qué lo caracteriza? ¿Qué hay en tu modo de escuchar, intervenir o sostener al otro que te parece singular?
Diría que el “estilo Steiner” tiene que ver con mi capacidad para modular los afectos en sesión. El paciente con trastorno de personalidad vive sus emociones como una montaña rusa: pasa de 0 a 100 sin saber muy bien qué disparó ese cambio. Eso hace que, para el terapeuta, sostener esa intensidad sea un desafío.
Creo que me caracteriza poder acompañar esos virajes emocionales sin perder la calma interna. A través de mi expresión, mi tono de voz y mi postura, intento ayudar a que el paciente regule su estado afectivo y pueda pensar un poco más sobre lo que le ocurre.
Es contener, empatizar, sostener… En términos técnicos, se llama “modular la intensidad afectiva”, y a mí me parece un arte. Cuando se maneja bien, abre un espacio para que el paciente pueda mirarse con mayor reflexividad y, poco a poco, salir del puro impulso.
En un contexto donde la salud mental se volvió un tema social y mediático, ¿cómo mantener la profundidad sin quedar fuera de las conversaciones contemporáneas?
Es un desafío permanente. Hay una tendencia global hacia la visibilidad mediática y, para muchos, no subirte a ese carro es quedar fuera. Yo creo que la clave está en la integridad y la integración: exponerse, sí, pero desde un lugar serio y científicamente fundamentado.
En medio del ruido y del exceso de información, la voz que se apoya en teoría, investigación y buen uso de las fuentes empieza a tener un valor distinto. Me interesa mostrar que la salud mental no se reduce a “tips” ni frases inspiradoras, sino que supone una comprensión profunda del mundo interno.
No le temo a la visibilidad, le temo a la falta de rigor. Para mí, mantener profundidad es una responsabilidad ética de mi ejercicio profesional.
En tus publicaciones públicas y actividades docentes hay un interés por tender puentes entre la clínica y la cultura. ¿Por qué te parece importante sacar la Psicología de la consulta y ponerla en diálogo con la sociedad?
Para mí, el vínculo entre la división interna del paciente borderline y la polarización cultural actual es muy profundo. Comprender la mente en su singularidad nos ayuda a entender mejor lo que ocurre a nivel social y comunitario, y viceversa.
Vivimos tiempos de extremos, de impulsividad, de oscilaciones bruscas en el discurso público. Vemos figuras con alta exposición que actúan desde lugares muy poco integrados, y eso resuena con lo que observamos en la clínica.
Sacar la Psicología de la consulta y ponerla en diálogo con la cultura permite ofrecer marcos de comprensión más finos: entender qué hay detrás de ciertos fenómenos colectivos, cómo opera la agresión, la escisión, la idealización. Creo que tender puentes entre clínica y sociedad ayuda tanto a desestigmatizar el sufrimiento psíquico como a leer mejor el momento histórico que habitamos.
¿Qué autores o referentes te acompañan hoy, tanto en la teoría como en la vida?
Sí, hay varios autores y referentes que han marcado mi forma de comprender lo humano. El primero que me sacudió no vino de la psicoterapia, sino de la literatura: Dante Alighieri. Leí La Divina Comedia a los 18 años y quedé absolutamente fascinada. Ese viaje desde el infierno hasta el paraíso, acompañado por distintas figuras, es una metáfora potentísima del proceso humano: atravesar el dolor, mirarlo de frente, comprenderlo y, recién entonces, encontrar un camino hacia algo más luminoso.
En el campo clínico, Otto Kernberg ha sido fundamental. Me enseñó a mirar lo humano sin idealizaciones, a reconocer que la agresión, el conflicto y la contradicción no son fallas, sino parte estructural de lo que somos. En momentos complejos de mi vida profesional fue un maestro contenedor. Otto es una figura compleja, pero tiene una virtud que admiro profundamente: cree en ti, te impulsa, y con las mujeres, en particular, puede ser un gran promotor.
También han sido clave otros maestros: Frank Yeomans, con su calidez, me enseñó a mirar a los pacientes y sus conflictos desde un lugar más amable; Diana Diamond, con su dulzura, me ayudó a acercarme al tema del apego y a los pacientes desde la cercanía y la profundidad.
Y, sin duda, un maestro fundamental ha sido Luis Valenciano. Tiene un ojo de lince para ver lo que los demás no vemos y decir, en simple y en llano, lo que otros temen nombrar. Ha sido un impulsor enorme en mi carrera y, además, tengo la suerte de considerarlo amigo.
Podría decir que Dante me enseñó que el sentido se construye atravesando la oscuridad; la psicoterapia y mis maestros me enseñaron a acompañar a otros en ese mismo trayecto.
Has trabajado con pacientes que cargan historias difíciles, incluso extremas. ¿Cómo se cuida una terapeuta que escucha tanto dolor sin anestesiarse ni endurecerse?
El cuidado personal, en este contexto, pasa sobre todo por la supervisión y el trabajo en equipo. Implica evitar dos extremos: por un lado, portar nosotras el deseo de mejoría del paciente hasta sobreinvolucrarnos y perder la neutralidad; por otro, anestesiarnos y endurecernos frente al dolor. Para no caer en esos polos, el análisis personal y la apertura a la supervisión son esenciales. En TFP, las supervisiones se hacen sobre material concreto: el supervisor te ve prácticamente “in situ”, en el despacho. Eso exige exponerse mucho, pero al mismo tiempo ofrece contención y seguridad. Además, la TFP es una terapia manualizada: el cómo está muy bien definido y secuenciado. Hay un orden, un para qué claro. Y eso ayuda a mantener la capacidad reflexiva y la perspectiva, incluso cuando el dolor que escuchamos es intenso.
En los últimos años se ha hablado mucho del rol de la inteligencia artificial en salud mental. ¿Qué piensas de ese cruce entre tecnología y psicoterapia? ¿Dónde está el límite entre acompañar y simular compañía?
Creo que la tecnología puede ser una gran aliada. Permite ofrecer información clara, herramientas prácticas y una guía muy útil para acercarse a ciertos temas. En ese plano, la inteligencia artificial tiene un potencial enorme. Pero cuando hablamos del mundo de los afectos, la historia es distinta. La IA no siente, no resuena, no se ve afectada por lo que el otro dice. Y en psicoterapia, el corazón del proceso es precisamente el vínculo humano. La inteligencia artificial puede acompañar en el sentido de orientar, informar, sugerir recursos. Lo que no puede hacer es “estar con” alguien: no tiene historia, no se emociona, no se transforma en el encuentro. En terapia, el cambio ocurre justamente allí, cuando dos personas se arriesgan a sentir, a verse y a dejarse afectar mutuamente. Ese espacio no es simulable.
La agresión es una emoción poco comprendida pero muy influyente. ¿Por qué crees que es tan central en la experiencia humana?
Entendemos la agresión como un afecto estructurante del psiquismo, no como algo “malo” que deba simplemente reprimirse. Aparece muy temprano en el desarrollo y cumple una función esencial: permite al niño diferenciarse del otro. Es la energía que impulsa a decir “esto soy yo y esto no”.
Desde esa perspectiva, la agresión no es, en sí misma, destructiva. Puede convertirse en una fuerza vital, un motor que sostiene la identidad. La diferencia está en cómo fue recibida esa agresión en las primeras relaciones: si el entorno pudo contenerla y darle sentido, suele transformarse en capacidad para poner límites, defenderse y tomar decisiones.
Cuando esa agresión no encuentra un espacio donde ser entendida, tiende a encapsularse y a organizar el mundo interno de manera rígida. La persona comienza a ver la realidad en extremos (“yo malo/otro malo” o “yo bueno/otro bueno”), lo que se traduce en relaciones intensas, inestables o temidas. En TFP trabajamos justamente ahí: permitimos que la agresión emerja en la relación terapéutica y se haga visible en la transferencia. No buscamos apagarla, sino comprenderla juntos. Cuando el paciente logra pensar su agresión, en lugar de actuarla o temerla, ocurre algo muy transformador: empieza a integrar sus partes fragmentadas y a construir un sentido del yo más coherente. Podríamos decir que la agresión, bien elaborada, es una forma de potencia vital: la energía que nos permite proteger lo que amamos y sostener quiénes somos.
Has formado y supervisado terapeutas en muchos países. ¿Qué diferencias ves entre culturas, y qué aprendizajes te ha dejado ese intercambio?
Tengo que ser muy agradecida de mi labor como supervisora; gracias a ella he podido entrar en culturas muy distintas, desde Rusia hasta España, de México a China y muchas otras más. Lo que más me ha sorprendido es la mezcla entre similitudes y diferencias. El sufrimiento humano, en su núcleo, se parece mucho: el miedo al abandono, la vergüenza, la rabia, la necesidad de ser visto son universales. Pero la forma de expresarlos, las palabras que se eligen, lo que se considera “decible” o no en sesión, sí varía según la cultura. Trabajar con terapeutas de distintos países me ha enseñado a ser más humilde y más flexible. Me ha mostrado que los modelos teóricos se enriquecen cuando se confrontan con realidades diversas y que, al final, la clave sigue siendo la misma: una relación terapéutica que dignifique al paciente, cualquiera sea su idioma o su contexto.
Si tuvieras que dar un consejo a un estudiante de Psicología que hoy duda entre dedicarse a la clínica o a otras áreas, ¿qué le dirías?
Le diría que se dé tiempo para explorar y escucharse. La clínica es un camino exigente, pero también profundamente significativo cuando hay vocación. Es una carrera en la que la experiencia aporta algo que ningún libro puede dar: sabiduría práctica, seguridad interna y mayor asertividad. Supervisión y formación continua son claves. Hay habilidades que facilitan el oficio, pero muchas se desarrollan con los años, a medida que uno se deja enseñar por los pacientes y por los colegas. Por eso es importante que la vocación se acompañe de aprendizaje constante. La clínica sigue siendo, ante todo, un espacio de vocación. Sin embargo, también implica cierta resistencia: sostener la profundidad en un mundo que a veces privilegia la inmediatez y la simplificación. Para quienes se sienten llamados a ese lugar, esa resistencia puede ser, en sí misma, parte del sentido.
Finalmente, mirando hacia adelante: ¿qué te gustaría dejar como legado?¿En qué gesto, idea o práctica te gustaría que se reconociera la huella de Verónica Steiner?
Que hacer psicoterapia es posible y que no es tan complejo. Que con paciencia y trabajo se puede lograr. Mi sello es el confiar en los otros, sumarlos al carro de la psicoterapia y que lo difícil puede ser mirado en un modo sencillo y hacible.

La formación de nuevas profesionales de la salud mental y construir un legado sólido y profundo son propósitos que hoy guían a Vero. Josefina Uriarte (izquierda) y Karem Leiva (derecha), son dos profesionales que siguen sus pasos pero con carácter propio.
Formada en la Universidad Gabriela Mistral, con postítulos en Trastornos Severos de la Personalidad (Universidad del Desarrollo, Chile) y en Investigación Criminal (Argentina), Steiner es también Magíster en Criminología: Delincuencia y Victimología (España). Su trayectoria se ha consolidado no solo en la práctica clínica, sino también en la formación y supervisión de terapeutas en distintos países —de Rusia a Uruguay, de China a España— y en su rol como Executive Officer de la International Society for Transference-Focused Psychotherapy (ISTFP), donde además preside el Public Relations & Communication Committee.
En Chile, coordina el Grupo TFP Chile, es docente y miembro fundadora del Instituto TFP Hispanoamérica, docente asociada del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Valparaíso, supervisora del equipo Ser Joven de la Municipalidad de Lo Barnechea, y docente invitada del diplomado en Trastornos Severos de la Personalidad de la Pontificia Universidad Católica.
Su carrera, sin embargo, no puede leerse solo en términos de cargos o acreditaciones. En cada espacio —clínico, académico o institucional— aparece una misma impronta: la convicción de que la relación terapéutica es un espacio ético, donde el encuentro con el otro implica, ante todo, humanidad. “La clínica no es un lugar para tener razón —ha dicho— sino para comprender”.
Casada, madre de 3 hijos, titulada en el año 2000 Steiner pertenece a una generación de psicólogos que vivió la transición entre la clínica clásica y el mundo contemporáneo, donde la salud mental se volvió tema público, y las pantallas, interlocutores. Desde ahí, conversa sobre su oficio, su mirada sobre el dolor, la formación de nuevas generaciones y el propósito que da sentido a su trabajo.
"LA DIGNIDAD OCUPA UN LUGAR CENTRAL EN MI PRÁCTICA CLÍNICA"
Hay terapeutas que logran que la palabra vuelva a tener sentido. Verónica Steiner es una de ellas. Psicóloga clínica chilena, dedicada desde hace más de 25 años al trabajo con pacientes complejos, su nombre se ha convertido en una referencia dentro del estudio y la enseñanza de la Terapia Focalizada en la Transferencia (TFP), modelo psicoanalítico desarrollado por Otto Kernberg para el tratamiento de los trastornos de la personalidad. Acá, podrás conocerlas un poco más.

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