LAS MADRES IMPERFECTAS DE ALMODÓVAR


Hay un momento en que una descubre algo incómodo: nuestra madre no nació el día en que nacimos nosotros.Antes de ser madre fue una mujer. Tuvo deseos, miedos, amores, ambiciones, frustraciones. Algunas de esas partes sobrevivieron a la maternidad. Otras quedaron escondidas debajo de ella, y a veces nunca supimos que existieron. Pienso en esto porque hoy Pedro Almodóvar cumple 77 años, y pocas cosas han atravesado su cine con tanta insistencia como las madres. Tacones lejanos. Todo sobre mi madre. Volver. Julieta. Madres paralelas. Rara vez las filma como el personaje que durante tanto tiempo le pedimos a una madre: la que cuida, comprende, contiene, renuncia y, ojalá, se equivoca poco.Las madres de Almodóvar quieren y dañan. Protegen y esconden. Son fuertes, frágiles, egoístas, generosas, deseantes, culpables, ausentes. Hacen cosas extraordinarias y también fallan de maneras difíciles de perdonar. Cuando realizó Madres paralelas, dijo que como narrador las madres imperfectas eran las que más lo inspiraban. A mí también. Y no precisamente por el cine.En consulta escucho a menudo dos versiones de la misma madre. La que lo dio todo. La que nunca estuvo. A veces en la misma sesión, con veinte minutos de diferencia, según el recuerdo que aparezca, la última pelea o el momento de la vida en que esté la persona. Y cada una llega con la misma certeza, como si la otra no existiera.En TFP a eso le llamamos escisión: mantener separadas versiones contradictorias de una misma persona —la que amamos y la que nos hiere— porque reunirlas puede resultar demasiado amenazante. Buena parte del trabajo consiste en que esas dos imágenes puedan, poco a poco, encontrarse. Y eso suele aparecer también con el terapeuta, que por momentos es vivido como quien cuida y, en otros, como quien decepciona, frustra o no entiende.Esa integración cuesta, y hay atajos que la imitan. El más común es el "hicieron lo que pudieron", una frase que a veces se usa demasiado rápido para cerrar historias que todavía duelen. Perdonar, justificar o volver a acercarse a quien nos hizo daño son decisiones legítimas, pero son otras.Integrar es más incómodo. Es aceptar que una misma persona pudo querernos profundamente y también fallarnos. Agradecer lo importante sin borrar lo que faltó. Reconocer el daño sin convertir toda la relación en daño.Ahí hay algo muy almodovariano. Sus madres siguen siendo madres cuando aparecen sus contradicciones. Solo que ahora las vemos enteras.Quizás crecer tenga que ver con eso: dejar de necesitar que nuestros padres sean personajes para empezar, por fin, a verlos como personas.



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