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"¿Y TÚ, ME QUIERES?"

Foto del escritor: BeTwo Partner Estratégico
BeTwo Partner Estratégico
16 oct
2 min de lectura

Me lo preguntó después de varios meses de terapia, en una sesión tranquila, sin crisis ni nada que anunciara lo que venía. Me miró y lo dijo así, sin rodeos, y supe que cualquier respuesta rápida iba a ser equivocada. Tenía varias a mano: decirle que sí, devolverle la pregunta o refugiarme en el encuadre y explicarle cómo funciona la relación terapéutica. Todas eran defendibles. Ninguna alcanzaba.


En la formación una aprende pronto a cuidar los límites, y está bien que así sea. El paciente no viene a conocer nuestra vida, y nosotros no deberíamos necesitar de él cariño ni aprobación para hacer nuestro trabajo. Lo que me tomó más tiempo entender es que cuidar ese límite no obliga a fingir que entre dos personas que se ven cada semana, a veces durante años, no pasa nada. Los pacientes nos importan: nos enternecen, nos frustran, nos hacen reír, y algunos se quedan con una mucho después del alta. Negarlo en nombre de la neutralidad me parece tan poco clínico como actuar cada emoción que aparece.

Kernberg pensó la neutralidad técnica como una posición equidistante de las fuerzas en conflicto dentro del paciente, lejos de cualquier idea de frialdad. Desde ahí una puede sentir, y sentir mucho, siempre que lo que siente no decida por ella. Por eso esa pregunta me costó tanto.


En TFP miramos con especial atención lo que ocurre en la relación con el terapeuta, porque ahí suelen aparecer las mismas preguntas que organizan los demás vínculos del paciente. Con ella no tardamos en llegar a algo que conocía de memoria: necesitaba saber cuánto le importaba a alguien antes de atreverse a necesitarlo. Si la respuesta era sí, se acercaba; si había duda, se iba primero. Detrás de ese «¿tú me quieres?» había otras preguntas, más difíciles de formular: ¿vas a seguir aquí cuando me enoje contigo, cuando te decepcione, cuando deje de ser la paciente amable que he intentado ser hasta ahora?


Esa paciente amable era solo una parte de ella. La otra, la que exige, la que se enoja, la que teme que la dejen, todavía no había entrado a la consulta, y su pregunta era también una manera de pedir permiso para traerla.


No recuerdo haberle dado una respuesta brillante; probablemente no la había. Sí recuerdo que no la esquivé. A veces tenemos tanta prisa por descifrar qué significa una pregunta que olvidamos que también importa cómo recibimos a quien se atrevió a hacerla.

El afecto en terapia no necesita convertirse en amistad para ser verdadero, y tampoco tiene que desaparecer para que el tratamiento siga siendo profesional. Quizás una parte del oficio sea justamente eso: querer a alguien sin retenerlo, sin pedirle que nos quiera de vuelta y sin dejar de pensar lo que pasa entre los dos.

 
 
 

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