ODIO A MI PSICÓLOGO


Hay sesiones donde algo se rompe de golpe.
Un paciente que durante meses había hablado de la terapia como un lugar indispensable entra un día distinto. No saluda. Apenas responde. Y en medio del silencio dice: “Quizás usted no sirve para esto”.
La primera reacción, muchas veces, es sentir que algo salió mal. Que se perdió el vínculo. Pero en la práctica clínica, con el tiempo, una empieza a reconocer otra cosa: hay momentos en que la agresión no destruye el trabajo; lo vuelve visible.
Kernberg pensaba la agresión como un afecto primario, tan constitutivo como el amor. No aparece solo cuando “algo anda mal”, sino también cuando el vínculo empieza a volverse importante y la dependencia se vuelve más difícil de tolerar. Porque necesitar a otro siempre expone. Y eso, para muchos pacientes, puede sentirse peligroso.
En estructuras más primitivas de funcionamiento psíquico, el objeto que cuida y el que decepciona no logran convivir al mismo tiempo. Entonces aparecen divisiones muy radicales: el terapeuta comprensivo desaparece y solo queda el inútil, el indiferente, el que falla. Lo complejo es que ambas experiencias pertenecen a la misma relación.
A veces se piensa que una terapia “va bien” cuando todo transcurre en armonía. Cuando no hay tensión, ni rabia, ni críticas. Pero hay silencios demasiado tranquilos. Acuerdos demasiado rápidos. Idealizaciones que dejan poco espacio para la ambivalencia.
Por eso, cuando aparece el enojo en sesión, muchas veces aparece también algo más verdadero.
No porque la agresión sea deseable en sí misma, sino porque puede abrir acceso a zonas muy profundas del vínculo. Winnicott decía que uno de los momentos más importantes de un tratamiento ocurre cuando el paciente puede odiar al analista sin que el analista destruya el espacio. Hay algo muy transformador en descubrir que el otro no desaparece ni devuelve el golpe.
Y quizá una parte importante del trabajo clínico consista justamente en eso: poder quedarse ahí. Sin defenderse demasiado rápido. Sin moralizar el enojo. Sin retirarse afectivamente.
Porque a veces, detrás de un ataque, lo que empieza a aparecer —todavía muy mezclado, todavía muy crudo— es dolor, necesidad y miedo a perder el vínculo.



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